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INTERVENCIÓN DEL EMBAJADOR DE COLOMBIA, HÉCTOR CHARRY SAMPER AL TOMAR POSESIÓN DE LA PRESIDENCIA DEL COMITÉ ENCARGADO DE ELABORAR UNA CONVENCIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS CONTRA LA CORRUPCIÓN

 

Viena, Enero 21 de 2002

Al asumir la responsabilidad que se me ha confiado como Presidente del Comité encargado de elaborar una Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción expreso, no solo mi gratitud por la enaltecedora función que se me otorga, sino la expresa determinación de actuar con plena imparcialidad en asocio con la Mesa Directiva que representa todas las regiones, para construir un consenso. El proyecto emanado en Buenos Aires en Noviembre pasado, constituye un buen punto de partida para adelantar una negociación seria.

Pienso que no se trata de agregar un texto más a los que ya existen, esta vez con una cobertura geográfica más amplia. Deberíamos hacer un esfuerzo más grande aún. Fijarnos a nosotros mismos una meta más alta, abrir las puertas plenamente para una lucha global y persistente. A manera de una  catarsis colectiva, debemos coadyuvar a suscitar un cambio profundo de conducta. Consagrar un compromiso común, por encima de las divergencias naturales y de la diversidad de situaciones, que implicaran probablemente en algunos casos reajustes internos, reforzamiento de controles, adecuación de practicas, una cooperación internacional más eficaz y complementaria de instituciones tanto públicas como privadas.

Desde épocas lejanas no faltan normas, y, salvo en ciertos países, ni siquiera faltan instituciones. Pero sería equivocado esconder la evidencia de que, con las debidas proporciones guardadas, hay una sensación de que lo que conocemos genéricamente como la corrupción, avanza, que abarca incluso factores e instituciones concebidas para contenerla, como los Congresos y los Aparatos judiciales y los Organos mismos de control.

La afirmación de Lord Acton, tantas veces repetida, según la cual “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” ha sido comprobada históricamente. Es cierto que sistemas abiertos, la práctica de las libertades, el respeto a los límites institucionales y a procedimientos democráticos genuinos, constituyen un avance para contrarrestarlo. Sin embargo ¿Cómo no advertir, la amenaza de la corrupción en poderes no absolutos, en Estados de derecho consolidados, en Sociedades florecientes?

Ese carácter insidioso, móvil, de la corrupción es precisamente lo que la convierte en desafío para todos. Vuelve insoslayable una respuesta en que nos comprometamos todos. Hay que combatirla en su contexto histórico. La lista de los instrumentos jurídicos, regionales ó parciales, sobre la corrupción resulta impresionante. Y no tendría justificación disminuir ahora los estándares mínimos ya adoptados, ni siquiera en aras de su supuesta universalización o de aumentar las posibilidades de su ratificación.

La precariedad de la Ley, desprovista de voluntad suele crear distancias enormes que tienden a volver a los ciudadanos de todo el mundo escépticos.

Es conveniente reconocer diferencias, examinar condiciones específicas, respetar legados culturales, pero para buscar denominadores comunes de perfeccionamiento. Hay que afirmar unos principios éticos, una escala de valores, subyacentes en las diversas corrientes culturales. Estas enriquecen lo que puede considerarse como una civilización común, que nos identifique en acciones concertadas.

Requerimos una cultura de la transparencia y de la integridad. El aire puro de la vigilancia contra la opacidad, la clandestinidad de las que se nutre la corrupción.  Más allá de la controversia legítima sobre sus alcances ideológicos, y sus implicaciones concretas, la mundialización es un hecho derivado de formidables cambios tecno-científicos que palpamos diariamente.

 La inter-relación –a veces la confusión incluso- entre lo que se han considerado la esfera de lo público y la esfera de lo privado aparece como una de las notas definitorias de nuestro tiempo.  La trans-nacionalización es un fenómeno de dimensiones crecientes mas allá de algunos voluntarismos, y de ella hace parte la corrupción.

 ¿Cómo negar que la inter-relación entre lo público y lo privado crece, la manera como se retro-alimentan?

Esa trans-nacionalización exige también responsabilidades compartidas.  Desde el siglo XVI, Sor Juana Inés de la Cruz exclamaba, para situaciones de otra índole, pero aplicables a la corrupción: 

"¿O cual es mas de culpar

aunque cualquiera mal haga,

la que peca por la paga

o el que paga por pecar?"

Se requerirá el esfuerzo complementario de las instituciones internacionales, tanto las surgidas de San Francisco (la ONU), como las de Breton Woods (el Banco Mundial, el Fondo Monetario, la OMC). De los sistemas regionales y de los novedosos esquemas de integración. De los sectores públicos y de la empresa privada, de las iglesias, los medios de comunicación, las ONG’s, la sociedad civil y los partidos políticos. De las Instituciones Financieras y Bancarias y las Corporaciones multinacionales para luchar contra la corrupción, prevenirla, y doblegarla como un fenómeno global. 

Con toda razón el Secretario General de la ONU, Koffi Annan, ha declarado el 14 de este mes ante el Comité Preparatorio de la Conferencia Internacional de Financiamiento del Desarrollo, para que la Conferencia de Monterrey sea un éxito:  

"Primero deberá fortalecer y hacer más agudo el consenso que existe ahora sobre políticas, mecanismos y marcos institucionales que se necesitan en los países en desarrollo, para movilizar recursos domésticos así como para atraer y beneficiarse de los flujos del capital privado internacional, y particularmente de inversiones directas extranjeras.  Un acuerdo para concluir una convención internacional comprensiva contra la corrupción que provea, por ejemplo, la repatriación de fondos ilegalmente transferidos sería también un gran paso adelante." 

Ello refuerza la convicción según la cual nos enfrentamos a diversos tipos de corrupción en todas las sociedades. Se presentan anti-modelos de conductas corruptas que asumen desafíos poderosos. No solo afectan la ética sino la gobernabilidad  misma, producen efectos de desestabilización cuantificables en términos del PIB, y tienden a desvirtuar los mejores paradigmas. 

El desarrollo y el subdesarrollo no son inmunes a sus efectos aunque se perciben modalidades. Lo importante es la acción. Negarse a aceptar que la corrupción es una especie de condena ominosa, inevitable, para nuestros pueblos. Especialmente perversa para los más vulnerables, dentro de cada nación, y cada contexto geopolítico. No importa su grado de avance. A todos nos lesiona y a todos nos corresponde responder ese desafío multifacético e implacable, por una vía consensual, idealista y pragmática a la vez. Sin esperar fórmulas milagrosas ó soluciones instantáneas. 

Es todo un proceso, histórico, social, económico, cultural, y a sabiendas de nuestras limitaciones, vale la pena consagrarnos a cumplir con lo que constituye un deber cívico  global. 

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